Chivas y la insoportable levedad del ser

2 octubre, 2014
Escrito por: Il Fanbolero
Imagen por: Straffon Images

La novela de culto “La insoportable levedad del ser” escrita por el checo Milan Kundera, nos trae una reflexión filosófica (aunque el autor haya manifestado que no es así) sobre los problemas a los que se enfrenta el ser humano ante su existencia. La levedad, siempre tan añorada de forma natural por el ser, se convierte en una insoportable forma de vivir. El peso, como escribe Kundera “es la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será”.

Las Chivas pasan por un terrible problema de identidad. Ese es el verdadero problema del rebaño. La crisis de Chivas no es de resultados, sino existencial; de pronto, el equipo del pueblo pisó un césped artificial como originalmente era el empastado del Omnilife, y lo sintético se hizo esencia, y difuminó la autenticidad, el alma de las cosas, lo que mueve, lo que da vida. La visión empresarial de Jorge Vergara, creo un abismo entre afición y equipo. Si el equipo del pueblo se queda sin pueblo, entonces ¿qué queda?

El dinero pretendió sustituir la grandeza natural del club; a veces se cree que el dinero todo lo puede. Ante las crisis, la ligereza de la filosofía Vergara pretendía solucionar todo con plata. Poner y quitar cabezas ha sido la constante; hoy le tocó a Francisco Palencia. Aquella legendaria historia que hizo de Chivas un equipo grande, mítico y de leyenda, se dejó de respetar; sólo el alma de 11 nacionales sobre el terreno de juego mantiene un vínculo con el glorioso pasado; el peso de la historia generaba responsabilidad a quien portara la playera de rayas blancas y rojas, aquello era lo que hacía que cada jugador de Chivas metiera la pierna con riesgo de dejar ahí la tibia y el peroné. El peso, como escribe Kundera, en este caso el peso de la historia, era lo que mantenía a Chivas a ras de tierra. Hoy, caen técnicos y directivos con la ligereza que una pluma cae desde lo alto de un edificio.

El esquema en el que opera Chivas es desechable, la era Vergara ha tenido 17 directores técnicos y en los últimos dos años, se han ido 8 directivos. Sólo los tontos, o los valientes, quieren a Vergara de patrón. Algunos prefieren correr a esperar a que el barco se hunda. Nadie podría tener el temple del capitán del Titanic para esperar, irremediablemente, la catástrofe. El gran problema de Chivas, es que ni los músicos quieren tocar sus mejores melodías en estos momentos de desasosiego. Con un gran equipo, con jugadores más de experiencia que de talento, las Chivas son una caricatura de su historia. Tan livianas son hoy, que portar la camiseta sólo representa prestigio para quien la viste. El actual jugador de Chivas es cómodo, no quiere cargar con el peso de una historia forjada desde inicios del siglo pasado.

Es fácil entender la grandeza de Chivas. Yo soy heredero de la afición paterna. En 34 años de existencia sólo he visto tres veces campeón a mi equipo. La grandeza va más allá de los resultados. Ver al Guadalajara por IMEVISION hace 25 años, hacía un domingo perfecto. En cada gol sonaba el mariachi. La grandeza se entiende cuando siendo aficionado sudas la camiseta, no por esfuerzo sino por nervios, tristeza o gloria. En 1991, cuando el futbol es una de las razones de la felicidad de la infancia, lloré por las Chivas, en una semifinal de vuelta en el Azteca, el América goleó 3-0 al rebaño. En aquel partido, el segundo gol americanista fue una obra de arte: Edu llegó por la banda derecha y mandó un centro exacto a la cabeza de Toninho. La belleza de gol vino del centro, ya que de trencita, Edu le pegó a la bola con la zurda para centrar, el cabezazo fue certero y El Zully Ledesma sólo vio pasar la pelota para irse al fondo de las redes. Vino un tercer gol y me metí a llorar al baño. Eso es grandeza, que tu equipo sea capaz de sacarte las lágrimas.

En 1997, cuando el futbol es para un adolescente un ideal al que desea llegar, sufrí, pataleé, grité y salté a punto del llanto un gol que pusieron a Chivas en la final de aquel torneo de verano. En el partido de vuelta de la semifinal, Morelia se paró bien atrás defendiendo el gol que marcaron en el Estadio Morelos. Chivas necesitaba de uno para pasar; lo que parecía un trámite, se complicó. Fue hasta el minuto 39 del segundo tiempo cuando El Tilón Chávez marcó el gol, que fue con más ganas que con talento. Ver a los 11 que se mataron en el terreno de juego por aquel tanto, más el resto de la banca, todos fundidos en un abrazo sobre el pasto del Jalisco, hacía que millones de aficionados formáramos parte de ese abrazo a distancia… Eso, era grandeza.

Las Chivas tienen un reto mayor que salir del problema del descenso. Tienen que volver a hacer que los nuevos herederos de la afición paterna, lloren las derrotas y las victorias. Tienen el reto de que el mariachi vuelva a cantar con las mismas ganas, como cuando Benjamín Galindo, Chepo de la Torre y Demetrio Madero conducían al rebaño. Tienen que hacer que suene el grito de “Chivas, Chivas” como cuando Ramón Ramírez dejaba rivales tirados en el pasto quebrados de la cintura. Tienen que hacer que sus jugadores corran como lo hacía Nacho Vázquez y Gustavo Nápoles por cada sandía que les mandaban. Tienen que hacer que su afición vuelva a sufrir, llorar, saltar de alegría por todo tipo de batallas; no se concibe la negligencia de una directiva, que ha puesto al más grande de México, en los menesteres de pelear por el no descenso. Es necesario que el peso de la historia, vuelva a aplastar a las Chivas a ras de cualquier césped para reivindicar su grandeza.

-Danielopski



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